No iba a los cementerios. La justificación no la recuerdo, quizá me amparaba el sentido común, sin embargo la cultura visceral y heredada por la sangre siempre termina persistiendo. Se que el tributo es ajeno a la necrópolis pero sin embargo los símbolos ganan y el silencio reverencial se impone fácilmente.
Desde que mi madre murió, las callejuelitas entre tumbas, empinadas e incómodas, habían empezado a prescindir de la polvareda de mis pasos. Sin embargo, volví. Decir que no encontré más que mármol y vacío no es malo; así fuese si declarase que me abordó la ausencia, la calma sin progreso. Ví la estructura de suave y esperada de la cerámica celeste, la misma que fue elegida hace miles de llantos por mi abuela, tal vez para emular el añorado cielo que ella aseguraba que amparaba a su esclavizado Salvador, mi único mágico e inolvidable abuelo.
El reflejo del vidrio azul me remontó a los rostros de la línea de mi carne, me ví y ví a la mencionada hacedora de la Bóveda Quiroga, mi abuela Carmín Ralli Hannson, hoy agonizando bajo una letanía sin tiempo, en un fuego mortecino que no termina de anular el oxígeno. Cerré los ojos y ví a mi Padre, y en el azul de sus ojos a su abuelo Valentín Quiroga García, huyendo de Salamanca a comienzos de la centuria pasada, y a su vez a su padre, Casimiro Quiroga y Losada, en las calendas del siglo diecinueve, redactando en pesados volúmenes y con una preciosa caligrafía, la memoria notarial de Monforte de Lemos, en una Galicia fantásticamente detenida en el medioevo. Y en un salto de imprecisiones dantescas, el rostro de mi hijo, radiante de vida, sonriendo, llevando su legado (mi legado), hacia el infinito; y mi madre, recientemente rumbo al paraíso, acariciándome, abrazándome, recordándome la esencia primaria del consuelo, tan solo con una mirada.
La inesperada borrasca de la tarde me arrancó del ensueño. El golpe de la conciencia del frío fue más brusco que el frío mismo.
Dejé el ramo sobre el picaporte.
El tributo sobrepasaba las flores, y ya estaba cumplido.
Bajo un cielo escarlata emprendí la vuelta. Antes de escribir, y preso del éxtasis literario, comencé a recitar entre los pinos alargados:
Se que parte de mí alumbra lo inexplicable,
que las diademas del viento no excusan mis palabras,
que el universo no es mi reflejo
ni tampoco el paradigma inverso
de lo que mis manos han levantado.
Ávido de amaneceres,
me ilustro en la frescura de cada despertar.
Creo flaquear ante la inimputabilidad,
la irreverencia y la ignominia,
y sin embargo persisto de pié,
batallando lo inasible.
Me cuesta escribir, siento que ya no lo deseo,
el infierno gélido de mis dedos sobre el teclado
tamborilea la memoria fatal.
Cuando la libertad se vacía de los emblemas,
desaparecen las brújulas.
Hoy, los ojos de mi hijo,
son los únicos faros meridionales
en este martes de horrenda capitulación.















