martes 20 de octubre de 2009

Capitulación



No iba a los cementerios. La justificación no la recuerdo, quizá me amparaba el sentido común, sin embargo la cultura visceral y heredada por la sangre siempre termina persistiendo. Se que el tributo es ajeno a la necrópolis pero sin embargo los símbolos ganan y el silencio reverencial se impone fácilmente.

Desde que mi madre murió, las callejuelitas entre tumbas, empinadas e incómodas, habían empezado a prescindir de la polvareda de mis pasos. Sin embargo, volví. Decir que no encontré más que mármol y vacío no es malo; así fuese si declarase que me abordó la ausencia, la calma sin progreso. Ví la estructura de suave y esperada de la cerámica celeste, la misma que fue elegida hace miles de llantos por mi abuela, tal vez para emular el añorado cielo que ella aseguraba que amparaba a su esclavizado Salvador, mi único mágico e inolvidable abuelo.

El reflejo del vidrio azul me remontó a los rostros de la línea de mi carne, me ví y ví a la mencionada hacedora de la Bóveda Quiroga, mi abuela Carmín Ralli Hannson, hoy agonizando bajo una letanía sin tiempo, en un fuego mortecino que no termina de anular el oxígeno. Cerré los ojos y ví a mi Padre, y en el azul de sus ojos a su abuelo Valentín Quiroga García, huyendo de Salamanca a comienzos de la centuria pasada, y a su vez a su padre, Casimiro Quiroga y Losada, en las calendas del siglo diecinueve, redactando en pesados volúmenes y con una preciosa caligrafía, la memoria notarial de Monforte de Lemos, en una Galicia fantásticamente detenida en el medioevo. Y en un salto de imprecisiones dantescas, el rostro de mi hijo, radiante de vida, sonriendo, llevando su legado (mi legado), hacia el infinito; y mi madre, recientemente rumbo al paraíso, acariciándome, abrazándome, recordándome la esencia primaria del consuelo, tan solo con una mirada.

La inesperada borrasca de la tarde me arrancó del ensueño. El golpe de la conciencia del frío fue más brusco que el frío mismo.

Dejé el ramo sobre el picaporte.
El tributo sobrepasaba las flores, y ya estaba cumplido.

Bajo un cielo escarlata emprendí la vuelta. Antes de escribir, y preso del éxtasis literario, comencé a recitar entre los pinos alargados:


Se que parte de mí alumbra lo inexplicable,
que las diademas del viento no excusan mis palabras,
que el universo no es mi reflejo
ni tampoco el paradigma inverso
de lo que mis manos han levantado.

Ávido de amaneceres,
me ilustro en la frescura de cada despertar.

Creo flaquear ante la inimputabilidad,
la irreverencia y la ignominia,
y sin embargo persisto de pié,
batallando lo inasible.

Me cuesta escribir, siento que ya no lo deseo,
el infierno gélido de mis dedos sobre el teclado
tamborilea la memoria fatal.

Cuando la libertad se vacía de los emblemas,
desaparecen las brújulas.

Hoy, los ojos de mi hijo,
son los únicos faros meridionales
en este martes de horrenda capitulación.

lunes 17 de agosto de 2009

El precio

Siento que, de alguna forma, de alguna extraña y retorcida manera, quiénes tenemos la facultad (la maldición) de colaborar al encauce de la mecánica del universo a través de la palabra escrita, estamos prestos a sufrir los embates de una especie de sagrada desesperación. No se explicarlo sin abordar cierta condición mística; lo cierto es que la vehemencia, antigua como el fuego, detonó en mi la conciencia y su claridad.
Antes de ayer, sábado 15 de agosto de 2009, salí a la calle, como cientos de veces en la semana, como miles de veces a lo largo de mi vida. Sin embargo, en esta oportunidad, la percepción alterna se instaló en mi, logrando, a parte de una fuerte sacudida interior, la necesidad cuasi violenta de escribir. La prosa comenzó a resbalarse acalambradamente sobre el reverso de un ticket que oportunamente descubrí sobre la mesa, al volver precipitadamente a mi casa.
Reí apoyando la espalda sobre el dorso de la puerta de calle.
Quizás sea tiempo de volver a visitar al terapeuta, pero aún así, la literatura esperada se hizo presente.



La diversidad de las vastedades me hace gritar hasta los acosos del vómito. La urbanidad y su fatídica precisión en las calles son agentes violentos, autárquicos y sórdidos que logran paralizarme. Lograron hacerlo hace instantes, nuevamente.
Llovía.
Los nubarrones de la insanidad no dejaban de abrirse paso en su propia vorágine. Insoportable es el mundo que persiste en enarbolar a la cotidianidad como insólita diadema.
Entre el nefasto huracaneo, las postales ventosas destituían la razón. Los peluqueros y su spray atiborrado de mandatos, las señoronas vacías paseando a sus canes desacompasados y jugando a ser las preferidas del Helicón, los gozos oscuros a la luz orillera del inframundo aceptado, la solidez de la nada, el tiempo a cuentagotas. Me abrumó la telúrica sintomatología del hartazgo, sufrí el menoscabo del horror cotidiano, sufrí (viví) la certeza inmanente al destino de reconocer que la carga cíclica del universo no cambiaría jamás.
Cuánto de ocaso en este mediodía luctuoso.
Respiré profundo, avancé hacia la verdulería. Me increpó el destello de un cuadrúpedo rodante, y no dudé en retomar la senda de los que van al Tártaro sin saberlo, o peor aún, de los que presienten, muy por debajo de las acebolladas capas de la psiquis, que transitan hacia un destino nefasto sin posibilidad de escape. Aún así, recordé la leyenda grabada en un banderín barato, pero profunda y perenne como las várices de la credulidad y la esperanza: “Si supiese que el mundo termina mañana, igualmente plantaría mi manzano” este esbozo de luz, entre tanta fatiga del corazón, había sido escrito, aparentemente según lo recuerda mi lejana niñez, por quién, supe mucho tiempo después, fue uno de los mas grandes adalides del amor fraternal y la igualdad durante la pasada centuria: Martin Luther King.
"Tuve un sueño", repetía el imborrable afroamericano, "tengo un sueño", creía decirme a mi mismo, justo allí, justo en esos instantes.
La calle se trocó en un plano surrealista donde, el viento del horizonte, aún fluctúa en la convalecencia de mis yo muertos. Gibrán se autoenterraba una y mil veces ante el duelo de la ignorancia, yo lo hago en el nombre de los que alguna vez fui, y sin saberlo, suicidé sin opción.
En ese marco ingobernable, frené en una esquina imprecisa para atarme los cordones. En cada vuelta íntima, en cada moño malogrado, me sorprendí, profunda e instintivamente, ejecutando un nuevo y esperanzado sueño de libertad.
Desapareció el viento. Levanté la vista.
La luz del sol, un vez más, me cegó con una calidez dulcemente inesperada.

lunes 10 de agosto de 2009

Poema para la mujer cobriza

Ocurrió en el invierno de 2004. Llegó a mis manos (como generalmente así lo disponen los recónditos designios) un ejemplar de “Cielo de Tambores” de Ana Gloria Moya. El exquisito estilo de la por aquel entonces desconocida escritora para mi, se transformó, ante mis puntillosos ojos de lector, en una desafiante madeja por desenmarañar para el disfrute. La certera facultad de tocar las más profundas fibras del ser es un talento poco usual que muchos writers, aún tras falsa humildad y solapadamente, se arrogan. Ana Gloria Moya, brillante escritora, le había disparado a mi percepción un certero dardo de refrescantes y nuevas sensaciones.



Consciente de que el abordaje de la nouvelle histórica suele no empatizar con los acostumbrados suspensos, giros inesperados hacia líneas de argumentos fatales, y otras características de la novela que hoy se escribe (y al decir HOY, digo estos últimos y vacíos tiempos) me sumergí en el relato. Con profunda emoción, vivencié sutiles elementos de un realismo mágico sugerido, como así también una sensorialidad únicamente posible en plumas y tinteros que hayan saboreado nuestra Latinoamérica.
En el relato en cuestión, en la trama humectada de rocío de vida, descubrí a un personaje imaginario que liberó de mi una gran carga energética.









Moya nos cuenta que María Kumbá, una increíble mulata descrita como henchida de “fuego y coraje”, en el tumultuoso Buenos Aires de la Revolución de Mayo, conoce a Manuel Belgrano y se transforma en su ángel guardián, entregándole para siempre su corazón. Sus hierbas mágicas, herencia invaluable de su raza, sus consuelos de matrona palpitante, su exquisita sensualidad, belleza y juventud, enloquecen a los hombres de las campañas del Paraguay y el Alto Perú, y la catapultan a la condición de mujer indispensable, sacralizada en lo cotidiano y en la devastación que aquel entorno hostil lograba consolidar. Amada, literal o platónicamente por unos u otros, la dueña de la piel de “chocolate caliente”- como Moya pone en boca de uno de los hombres que la desea - es testigo de la sangre derramada, la pasión, ambición desmedida y los primeros gritos de libertad de una tierra a la que sus ancestros jamás habrían señalado como destino para sus vidas.

La exquisita sensualidad con la que autora crea y presenta a esta heroica guerrera de la independencia, inspiró en mi uno de los poemas de los que fueron seleccionados para incluirse en la Antología 2007 de poesía y narrativa “Latinoamérica escribe” de Ediciones Raíz Alternativa. Luego de serme comunicado que la voluntad del jurado con respecto a mis ocho escritos presentados, era la de incluirlos a todos, opté, charla mediante con el director de la editorial, publicar solo siete. Por supuesto, dejé afuera el mencionado escrito. No se si el arrebato de último momento fue sostenido por la extrema fuerza íntima que le imprimí al poema, o extrañamente, por un discreto egoísmo, un casi infantil encarcelamiento de la oda. De todas formas no lo sumé al resto. El cajoneo fue natural, luego llegó el olvido.
Hoy, lo desenterré de un back up no premeditado. Volví a leerlo. Se perciben en él (vean que no digo “este” sino “él”) furor, desenfado, sexo, melancolía e indiscutiblemente una ráfaga de amor desmedido.
No puedo creer que un texto que exilié por propia voluntad me ocupe tanto en esta noche inesperada.
Sin dudas María Kumbá no existió, pero créanme que la percibí, sentí su osadía y presencia, su eco pesado y tangible, eterno y ahora. Entre los fantasmas que nos acechan a los demiurgos de las letras, suelen aparecerse formas incorpóreas que no siempre coinciden con nuestros anhelos. Hay sincréticos individuos en el mundo de la literatura que aseguran que los escritores no creamos a los personajes; sino que ellos, desde su más acá muy nuestro, nos buscan y nos escogen para que les demos vida.
Quizá María Kumbá, desde su firmamento visionario, desde su limbo de máscara, haya tamborileado sobre el corazón de Ana Gloria Moya, para que ésta la sople en forma de llama inmortal sobre el bellísimo relato que concibió. No se si fue así, pero sí lo creo, lo intuyo.
Se que yo, por propia iniciativa, jamás habría arribado a su historia, a ella, a su realidad dramática tan alejada de mi pretensión para la degustación literaria, sin embargo aquí estoy, rindiéndole tributo a un ficticio personaje de novela histórica que, créanme, hubiese merecido existir.
Gracias Ana Gloria Moya.
Esta es, simplemente, una postal de amor en palabras.
Este poema para la mujer cobriza, está basado en las confesiones pasionales del personaje de Gregorio Rivas, tucumano feroz y luchador, amante y defensor de la mulata, enemigo de Belgrano, pero sumiso a su liderazgo, tanto el real como el metafísico. Gregorio, loco por esta hija de dos pieles, entre el tumulto descarnado de aquellos primeros días de la patria, ama y bebe el néctar de su musa, como forma imperecedera de sobrevivir entre tanta locura.
En fín, ahí va María Kumbá.
Ojalá pudiesen verla, como yo aún la sigo viendo.


Poema para la mujer cobriza







Quiero firmar con sangre
que quisiera poder no tocarte,
no volver a pastar en tus
honduras,
pero en lo efímero del ciclo lunar
vuelvo a sucumbir
a tu aroma salvaje.

Quiero firmar con sangre
la hipoteca de mi alma desahuciada,
con tal de no caer
bajo el embrujo explícito
de tu vientre agreste.

Pero no puedo
y te vuelvo a fundar en las comarcas vírgenes,
y te vuelvo a advertir en la herida de mis ayeres
y te huelo en mis temblores y en mis rocíos,
y en el alba de mis anhelos,
y en el crepúsculo de mis derrotas,
donde al evocar tu sonrisa
que deshoja la tiniebla,
te sueño,
y te reinvento,
por siempre.

sábado 1 de agosto de 2009

Mandylion

Decide observarla. La habitación, aún en penumbras, es el escenario ideal. La siente bella, ingenua, permitiendo a su cuerpo semidesnudo escudriñar el silencio. Las sábanas recortan su figura perfecta; él no sabe, o no recuerda, cuántas veces la soñó así, cuántas veces liberó pacientemente estos vagos pensamientos.



Amanece
(la fragilidad gravita tus espacios),
y en la habitación
donde se hospeda el silencio,
ruge el océano de las cosas
que reverberan mi nombre.

Amanece,
(se velan las ventanas),
y el misterio de pieles vernáculas
que me vuelca a tu cuerpo,
abre portales insondables
de sabia plenitud.

Tu rostro emerge en llamas
hacia oriente,
crispado de hielo infernal,
recordando al céfiro
que tus ojos,
aún ocultos,
verterán una miel desesperada.

Olvidarte sería suicidio eterno,
adorarte es preciosa redención.

miércoles 29 de julio de 2009

Aquí



Aquí, la parafernalia del silencio,
la murga desternillada,
la procesión sin nombre,
la barbarie materializada en hordas de ausencia compulsa.

Aquí, la mansedumbre resistiendo con fervor
a la pereza, a la inutilidad, a la desidia.

Aquí, queridos poetas,
los nacidos bajo el cenit de la misión,
estamos prestos al combate.

Aquí, en este espacio sin espacio tangible,
en esta conjunción de éteres infinitos,
de creaciones diversas a título de la luz,
nos reunimos a enervar al abandono,
a socavar los cimientos de la muerte tácita,
a reprogramar los infinitos destinos del universo.

Aquí,
queridos amigos desconocidos
(ajenos al abrazo real),
real y verdaderamente,
hemos empezado a salvar al mundo.

martes 28 de julio de 2009

Legado de venas abiertas



“Juglar de nadas intimadoras, de timadores y tumberos”,
así es como despreciarían (si pudieran, los líderes...)
a los poetas que llenan de luces
estas oscuras comarcas.

En boca de los lobos,
el poco agraciado banquete del minuto a minuto
y su violencia mediática,
se deshacen antes de que la saliva tome cuerpo.




Estamos invitados a la mesa de la apariencia
y del humo moldeado.
Ixión no pudo haberlo hecho mejor.



Somos la Sudamérica extasiada
con la nada contenedora, con la otra pobreza,
la que los pudientes derraman
escupiendo jocosas bocanadas
de infamia,
de olvido premeditado.

Al menos sabemos dónde está la resistencia.

Si estás leyendo estas líneas,
aún sin haberlo soñado o propuesto,
es porque en tu sangre
hierve un pilar de la resistencia naciente.

viernes 24 de julio de 2009

La persistencia del miedo



Vuelve a nacer despacio,
como aglutinado en su esencia,
descorriéndose lentamente de su posición fetal,
abarcando cada resquicio de mi alma
en forma de parálisis monstruosa.

El nigromante conoce perfectamente su misión:
avanzar hasta que el cuerpo, desarmado en temblores,
se deshaga entre las sombras de la locura.

He visto, como Ezequiel,
tormentas y seres fabulosos al borde de mi cama,
he visto cenizas
trocándose en brasas
al solo conjuro de un latido inaudible,
he descubierto, como Lovecraft,
el mantra subgrave que vibra desde las profundidades,
persuadiendo a la noche
a la definitiva perdida de su romántica estampa,
para así abrazar a las hordas de la fiebre.

No voy a sucumbir ante la sombra.
No voy a permitir el epitafio.

Hay en mis ojos un amanecer inusual,
un sendero biforme
abierto por lumínicas fuerzas,
con el fin de dar caza al enemigo.
Hay una espada boreal, candente y perfecta,
perpetrando entre mis manos
el fragor de la victoria.

Hay un Leviatán de luz en mi,
deteniendo el mal,
con el propio fuego del infierno.



Quizás el enemigo mas fuerte, sea el que nace en nuestro interior. Luego de muchas peregrinaciones oníricas para depurar mis caminos, vuelvo a abrir mi libro de los ayeres para contemplar, no sin asombro, muchos hoy inesperados.
Sigo en la contienda. Este poema, sin dudas esboza la misma idea expresada en De acero, de sangre y de victoria solo que el móvil secundario, el elemento situacional de su inspiración, fue otro.
Ahora se que el móvil primario fue el mismo.
El miedo, como entidad, desmecaniza incluso los procesos mas simples de nuestro yo.

jueves 16 de julio de 2009

Mensajero meridional



Soy el mensajero
y al mismo tiempo el mensaje.
Vago en un sistema de reparticiones extrañas
donde, doquiera que vaya,
la luz se fracciona desequilibradamente.
Me sobran las excusas para no atizar el fuego,
sin embargo elijo ser Prometeo
y llevar a cabo la revelación.

He nacido al sur del mundo,
donde las diademas son gélidas
por muchas otras razones que las latitudes.

He nacido al sur del mundo,
donde Gomorra se regenera en cada
villa desesperada al solo fin del levantamiento.

He nacido al sur el mundo,
en esta Otra América desencantada de todo,
menos de la furia.

Aquí nacen y mueren mis días,
aquí mi sangre,
venida de Salamanca, El Líbano, Estocolmo y Cremona,
construyó las murallas.
Aquí vivo,
sopesando la vida y la muerte
en cada milagro cotidiano,
en cada inverosímil achaque de igualdad,
en cada radiante expresión genuina
de lucha,
por amor, verdad y justicia.

Tal es el impensado destino
de un escritor sudamericano.
Tal es el desafío,
del misterioso sentido que envuelve mi mensaje.


martes 14 de julio de 2009

H e f a i s t o s



Vislumbrando elementos, siempre definitorios, siempre determinantes, siempre en básicas simplezas inesperadas. Así transcurren estos días, mis días sin tiempo, en el espacio de la casona de la esquina donde siembro mi hoy.

La cotidianidad, una vez más, produce una mística que usualmente se deshace, pero que se regenera con ímpetu irresistible de tromba, arrasando a su paso con la cordura, la misma que indultada de a ratos (y solo de ratos) por el stress opresor, permite estas líneas.

A veces creo ser únicamente el espacio indivisible entre mis yo, el que soy (o creo ser) y el que albergo ser en verdad: ¿será ese pugilato constante, en el núcleo de la esencia, el que define los carriles de la existencia emocional?, creo que sí...papá full time, funcionario del arte, escritor y plástico... hasta donde se me estira la piel para abarcar lo inasible, enciendo los fuegos fatuos de la ilusión, la memoria y la fantasía constructiva.

Hoy descubrí mirando el perfil de mi hijo recortado en la ventana (o creí atribuir a ese momento la mencionada revelación) que hasta no asumir que en los trazos de la simplicidad se atesora la maravilla de lo desconocido, no arribaremos a la alegría inmanente, a nuestra condición de forjadores, de alquimistas, de responsables directos del magnetismo positivo y universal.

El conocimiento libera, la responsabilidad enaltece.

La fragua siempre estuvo. Siempre estará.

Siempre fuimos y seremos Hefaistos, herreros de la vida (a veces ignorando esta condición), expectantes a los claroscuros del alba, presumiendo oro en las gotas promisorias de una extraña fundición, atizando el fuego...golpeando el metal candente de nuestras almas.

sábado 11 de julio de 2009

Breve carta abierta a la mujer de mis sueños, en su cumpleaños.



No sabré jamás si los astros fueron oportunos, pero liberaron la mecánica que nos gobierna. No sabré jamás si ha de colmar todos y cada uno de tus anhelos, pero la divinidad que me poseyó para tenerte, supo acariciar tu alma por dentro. Te amo con locura, y cada segundo que el universo me permite bajo tu aliento, agradezco el instante en que nos conocimos.
Hoy cumplís 26 años. Los destinos fraguaron este, nuestro laberinto de encuentro. La salida, la única conocida, es la que surge de la quietud, sublime e inesperada, de tus besos inefablemente sagrados.
Gracias por trocar mi ocaso en aurora radiante.
Feliz cumpleaños mi amor.

viernes 10 de julio de 2009

About dreams




Mi hijo duerme, respira lejanamente, flotando en el propio mar, como venturosamente abstraído de las barbaries de este mundo. La oscuridad desaparece de su entorno, y en la habitación, en penumbras, su rostro irradia la luz necesaria. Desde el marco de la puerta aprendo a contemplarlo en silencio.
Todo mi ser está en él.

Me viene a la mente un curioso personaje de la mitología hindú llamado Mahavishnu, que se encuentra acostado en un rincón del mundo espiritual o Vaikunthá, sobre un océano de causa material. De su soñar constante y silencioso emana cada universo tangible.
Me pregunto cuántos universos emergerán del sueño sonriente de mi hijo y si en realidad él, no fue (y es) mi más precioso sueño, escapado sin prisa de las barrancas del amor onírico.

Sin dudas, al escucharme, al ver mis pensamientos plasmados en la pantalla, a medida que van surgiendo, me doy cuenta que, felizmente, he recurrido al escalpelo de la realidad para fundar mi magia. ¿Qué es, entonces, ésta magia, sino un vehículo para demostrar lo menesterosa que la realidad puede ser por si sola? ¿perdemos mucho a partir de la ausencia de lo simbólico, de lo etéreo, de lo sutilmente fantástico?
La respuesta es sí...demasiado.

La quietud premeditada a través del racionalismo barato, en verdad, comunica tanto o mas que la expresión activa, por eso es peligrosa. Haremos la diferencia en el grado de conocimiento previo, en la conciencia de esta verdad insoslayable y en el compromiso frente al mundo interior, a su vez conectado a una red infinita de sueños lanzados al cielo de los esperanzados.

Solo allí, en ese espacio virtual, nunca físico ni temporal, los sueños de Mahavisnu, de mi hijo, o los de cada uno de nosotros, aprendices de célebres que buscamos la dicha, logran amalgamarse en un océano primario, profundo y certero, elemental, dorado y divino, exultante del todo contenedor, viejo como el mundo, y tan actual como la última sonrisa: este océano tan particular, lleva el nombre de Felicidad...

martes 7 de julio de 2009

Destino insomne



Siento que debo escribir. Que la orden no es cerebral, sino metafísica, antigua e incólume en el mandato de mi sangre. Que cada día que transcurre, muchas puertas no abrirán sin el mantra grabado en el papel, o en la pulsión de luz líquida de mi pantalla.
Que como cada destino pende de una formidable cadena de presagios, el mío se sostiene del cordón irreductible del mensaje, de la magia sagrada de las invocaciones, de la explosión inesperada de las palabras.
Siento el hormigueo de mis manos, me ataca el fatídico escarceo de los pensamientos ante la indignidad de los días, pero prevalece la luz del destino. La tinta olvidada, como estímulo simbólico, acrecienta en mis sueños el noble compromiso... y me veo copiando, con ademanes benedictinos, miles de códices en hojas roídas y postergadas, a la luz mortecina de lo que fue.
Hace siglos (o quizás hace instantes y lo ignoro, tal vez en un mensaje de texto, en el gesto autómata de un transeúnte a través de la ventana, o en las revelaciones ocultas de la sonrisa de mi hijo) recibí de la Conciencia Omnisciente la condición de Insomne, con el fin de relatar lo que la luna proyecta en su ojo vacío solo para los que VEN a través de los párpados.
Tamaña Maldición, no puede ser sino un regalo de Dios.

jueves 2 de julio de 2009

Mnemosine



Diariamente la memoria sostiene y desampara. A la gran carga del universo, esta polaridad le suma energías altamente explosivas. Añorar, muchas veces nace de recalar en un ayer aún existente, latente en cada acto, en cada foto, en cada postal oculta, en cada aroma al que indefectiblemente, y por el devenir adverso, se ha tenido que renunciar. Entonces, ¿no sería conveniente apelar a lo mejor de lo vivido para fortalecerse en una cálida proyección, en vez de abrigarse en los modelos de un pasado tal vez bueno en nuestros recuerdos pero verdaderamente carente de muchas verdades que hoy, tácitamente, son el andamiaje de nuestras realidades?

Día a día, sorbo a sorbo, voy bebiendo el néctar de mi destino. La antigua llama es punto de conexión, no solo con los relojes que hoy acompasan las oscilaciones de esta enorme dimensión, sino también y sobre la pequeñez de estos dedos frente al teclado y la pantalla, de la mano sobre el rostro comprobando la barba incipientemente crecida, de la sonrisa de mi hijo encapsulando al tiempo, de los ojos de miel de mi mujer, otorgando tibieza y dulzura en el devaneo de la jornada, de la brisa oscura que me raspa el cuello denotando que afuera es invierno, y que el frío se filtra irreverentemente por las hendiduras de la puerta.

Ayer, hoy, ahora, mañana, siempre, son estados irrenunciables de la divinidad a la que llamamos Memoria, multifacética, inmanente e inmarcesible en el tiempo.

Me pregunto si la misma, nace de nuestra necesidad de encadenarnos al tren de la felicidad, siempre imparable y muchas veces ausente en el andén que deseamos abordar.

Tintinea una remembranza, vamos a comprobarlo.

miércoles 1 de julio de 2009

Estaciones internas



¿Será el paisaje correcto?. Los ríos que amedrentan mis venas y sus cambiantes temperaturas transitan la duda. ¿Será apacible la otra campiña, la que domina lo que pasa ventanas adentro?

Somos formas en el cenit de la calidez, pugnando por la saciedad incontenible, inmanejable, básica pero tan espiritual, como la primera vez que siendo niños y sin quererlo, arribamos a la certidumbre de la belleza.
Hoy, en el aire, percibo un aroma natal, quizás el del primer abrazo, pero místicamente disgregado en millones de partículas livianas, casi intangibles, y emparentadas (felizmente) con la, mil veces desgastada por los poetas, brisa de primavera.

Entonces, asumo que puedo gobernar mis estaciones internas.

He visto en el intrínseco pedestal de los otoños, muchos otros matices que saludan, con irrepetible seducción, a las raíces del alma. No toda hoja cóncava que se desploma en la senda nos habla de la muerte...para ello se alzan lirios, crisantemos, calas, desnudas flores grises que alaban tan urticante menester...la hoja amarillenta, anciana y sonriente porción de un árbol dispuesta a renacer, pretende cautivarnos silenciosamente al manifestarnos el compromiso de la vida con la permanencia, con el milagro en la pequeñez inolvidable, con el oprobio de la muerte frente a la sutileza del universo.

Cada determinada cantidad de años, o a veces décadas, los mortales obtenemos merecidamente un otoño mesurado, que nos permite renacer tras la inusitada delicadeza de una cálida estación. Solo así, se renueva la mecánica de los sueños, solo así los nuevos brotes de la esperanza se afianzan en la fertilidad de un alma libre, fresca, eternamente joven y, frente al universo, naturalmente ingobernable.

Hoy estoy viviendo ese otoño.

Descascaro lentamente la piel muerta de los árboles que alguna vez estuvieron en flor, retengo la cenicienta hojarasca del ayer porque se, fehacientemente, por luces aún desconocidas, que se avecina, final y felizmente, la estación de los árboles que estallan.

Mi tiempo a llegado.

Desde las profundidades de la tierra física, del envoltorio de pesada carne, la simiente de luz, clama por mi libertad.

jueves 18 de junio de 2009

Anclado




Simplemente me sentí anclado. Gateando, imposibilitadas mis manos, convertidas en toscos pies. Mi cabeza estallando en un fuego digno de Ron Howard en Llamarada. La pierna izquierda encarnando un brazo como último recurso de dignidad; la otra, mi derecha, siendo la responsable material de la mentada inmovilidad, casi impávida y fria, auspiciando el temido retorno de un bastón impensado. Así me sentí en el último ataque, hace poco menos de un mes.
Así lo plasmé en este acrílico furioso y orgánico, quizás hasta un poco desproporcionado, grotesco, pero tan real como el sentimiento que lo logró.